sábado, 16 de agosto de 2008

Policía Judicial y Secuestrador ¿Será?


Policía Judicial y además Secuestrador. ¿Será?

Por Emilio Pineda

Una víctima más de la industria del secuestro, pero esta no es una víctima cualquiera. Se trata del hijo de un importante empresario de la Ciudad de México. Lástima que sólo cuando secuestran y asesinan a alguien “importante”, de pronto nuestras autoridades capitalinas y federales se acuerdan que en México hay crimen organizado y desorganizado. Lástima que padecemos más los que no somos “importantes” ya que regularmente no tenemos para pagar escoltas, autos blindados y sólo nos podemos limitar a otear con temor a nuestro alrededor para ver quién atentará contra nosotros hoy.

Fernando Martí, joven de 14 años de edad fue encontrado muerto en un automóvil en la Delegación Coyoacán. Su padre, Alejandro Martí, es un importante empresario de la Ciudad de México, dueño de la cadena de tiendas deportivas Martí, y es por ello que todos los actores políticos levantaron la voz con solemne tono de indignación: La Comisión Permanente en la Cámara de Diputados condenó (nunca he sabido qué significa este verbo político) el homicidio; el tocayo priísta Emilio Gamboa Patrón pidió “cadena perpetua para los secuestradores”. El carnal Marcelo, quien dice ser el jefe de gobierno de esta desgobernada ciudad señaló valiente y enfático: “…un caso de secuestro es suficiente para que nos avoquemos, nos dediquemos, nos preocupemos y lo resolvamos, y tenemos que hacerles un frente común".

Además, y para no perder la costumbre, parece que hay policías involucrados en el secuestro. ¿Será? No lo puedo creer. A este pobre muchacho lo secuestraron justo en el momento en que era detenido, junto con su chofer y su escolta, en un aparente retén de la AFI en la delegación Benito Juárez.

De ahí resultaron ya detenidos y arraigados (que rápidos ¿no?) como probables responsables de este secuestro y asesinato al comandante de la Judicial (¡uy!), José Luis Romero Ángel, adscrito al Aeropuerto del DF, y a Marco Antonio Moreno Jiménez, al parecer este último un AFI. Ya se habla de una banda se secuestradores conocida como “La Flor” y que es experta en tácticas policiales y que lleva trabajando 2 años en esto.

Quisiera entonces plantear al aire, ya que ninguna autoridad estará lista para contestar, lo siguiente: ¿Cómo es que se conoce el nombre de una banda de secuestradores, su zona de operaciones y hasta la antigüedad de la misma y no se hizo nada para detenerlos? ¿Alguien se hace de la vista gorda o del bolsillo gordo? ¿Cómo es posible que se siga castigando con algunos añitos de cárcel, suspensión y un jalón de orejas a policías secuestradores y homicidas, cuando su misión es proteger y defender a la ciudadanía? Hasta donde yo sé México está compuesto por territorio, gobierno y población; si estos señores “policías” agreden a quienes tienen el encargo de cuidar, entonces son genuinos y flagrantes traidores a la patria, no quien usa la bandera en la portada de su disco de mariachi, o la usa de calzones (perdón si el extremismo hiere a alguien, pero a mí me hiere más el secuestro de un mexicano). ¿Cómo puede un grupo de maleantes hacerse pasar como retén policiaco impunemente, a la luz del día, en cualquier calle de la Ciudad de México?. Les apuesto a que si yo hago eso con unos amigos, inmediatamente soy detenido, así que no se hagan los estúpidos señores gobernantes y admitan que ustedes forman una cadena de cómplices o de retrasados mentales… ustedes escojan. ¿Por qué la gente busca declarar ante los medios de comunicación cuando la víctima del delito es un político o alguien con mucho dinero? ¿Por qué nadie levanta la voz cuando una chica es agredida o violada en Iztapalapa, cuando una enfermera sale de su turno nocturno y es asaltada en el pesero, cuando el secuestro es para el hijo del dueño de una tienda de abarrotes en Vallejo? ¿Dónde está la izquierda quesque heróica que sólo levanta la voz cuando le conviene? ¿Dónde está la derecha moralina que sólo se asusta con temas sexuales y la inmoralidad de funcionarios corruptos no les quita el sueño?

¿Un solo caso de secuestro señor Ebrard? En el momento en que escribo estas líneas, y que tú, amigo lector, las revisas, alguien está siendo “levantado” por una banda de maleantes, alguien pierde la vida defendiendo su patrimonio, alguien es víctima de la delincuencia organizada, o de la que no se organiza, pero que daña en lo más profundo de nosotros.

¿Dejarías tú, querido lector, que un policía judicial vaya a tu casa a realizar una “averiguación”? ¿Has recibido una amable atención de un policía cuando le pides ayuda o denuncias un delito? ¡Ah pero qué tal están para levantarte esa infracción por el “hoy no circula”! ¡Qué veloces son las grúas “seguras” privatizadas en la obscuridad de la corrupción del GDF! Para llevarse tu coche, levantarte la infracción o pedirte dinero para cualquier trámite, las autoridades son más veloces que Roberto Madrazo en un maratón. Es verdad que la cultura de la denuncia no ha crecido, lo que ocurre es que la cultura de la represalia y complicidad ocupa demasiado espacio.

No es contra la familia Martí. A ellos envío mis más sinceras condolencias y el deseo de que el tiempo les ayude a superar este impacto brutal; aunque sé que esto nunca se supera del todo y deja marcas imborrables. Lamento que sean un número más en la lista del próximo informe de inseguridad. Para el jefe policiaco son una cifra, sin embargo, nada reemplazará a su hijo perdido. No es contra la familia Martí, es contra quien esconde el garrote cobardemente tras la placa de la autoridad. Es contra los hipócritas que se acuerdan de la seguridad cuando les tocan a alguien cercano.

¿Un solo caso? Ojalá también podamos escuchar a los flamantes diputados y a todas las “divas” (hablo de mujeres y hombres) de la política indignarse, rasgarse las vestiduras, llorar amargamente en su BMW al lado de la amante en turno, “condenar” con firmeza, cuando las víctimas seamos los no “importantes”.

Perdonen el enojo.

Cualquier comentario. epiprod@yahoo.com

martes, 16 de enero de 2007

“LA PALABRA RADIAL” NUESTRO IDIOMA

Por Emilio Pineda

El coleccionista de palabras vive en nosotros sin darnos cuenta. Subimos a los transportes, nos exponemos a los medios de comunicación, miramos por un momento los puestos de revistas y así vamos agrandando nuestro repertorio oculto de expresiones. Escuchamos la radio y nos damos cuenta que la lengua, la expresión oral, es la única herramienta de este medio, y gracias a eso precisamente, lo es todo.

La radio, mediante las palabras, nos puede regalar un paisaje, una sensación, una reflexión o nos hace estallar una buena carcajada. Y la gente que hacemos radio de pronto olvidamos la importancia del lenguaje en nuestro medio. En la televisión el impacto radica en la imagen, mientras que en la radio es la idea correctamente expresada con palabras la que puede quedar clara o confusa dependiendo de cómo ejerzamos el oficio.

Nos damos cuenta que un locutor manda saludos a “Clanepancla” o piensa que Atizapán en una delegación del Distrito Federal. Mediante la radio nos enteramos de la Cultura del “Sospechosismo” recién descubierta por un político mexicano; nos deleitamos con los discursos matutinos de un gobernante capitalino que se come las eses (en cambio las heces sólo se las come mi perrito y le pego para corregirlo). Escuchamos a los reporteros viales hablar de “perímetros”, “arterias” “vías primarias” o “inmediaciones” para ayudarnos a librar el “tráfico” (¿o “tránsito”?) de la ciudad. En conferencia de prensa un político habla de “orgías” a la hora de elaborar el presupuesto federal para el 2005, y cuando en tribuna alguien le pregunta qué significa la palabra, simplemente se sonroja y se limita a decir “...creo que todos aquí sabemos lo que significa” (¿era una pudorosa evasiva lingüística o “ventaneaba” a sus compañeros legisladores?). Algún sorprendido locutor no sabe cómo abordar o comentar el nuevo libro del Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, y titubea, trata de pasar la bolita a su co conductor sólo porque el libro se titula “Memoria de mis Putas Tristes”.

Políticos “chamaqueados”, “videoescándalos”, un funcionario, quien después de aparecer en un video llenando sus elegantes bolsillos con fajos de billetes, sólo atina a decir “...ofrezco una disculpa al pueblo de México...” (las disculpas se piden pero nunca, ¡nunca!, se ofrecen).

Periodistas radiofónicos que creen que la palabra “pronunciamiento” significa fijar una postura o hacer una declaración oficial a los medios. Reporteros que confunden a los Ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación con Magistrados; que piensan que demanda y denuncia son lo mismo; que creen que plagio y secuestro son sinónimos; que pomposamente dicen “pero sin embargo” sin saber que es una redundancia del tamaño de “subir para arriba”. Y así, poco a poco nos vamos acostumbrando a mal hablar ayudados de una pobreza vergonzante.

Sí, querido lector, imagino que ha llegado a tu mente la idea de que seguramente estoy exagerando, que no es para tanto, que además quien habla en forma muy culta es un verdadero payaso, sangrón a quien nadie (y no “nadien”) le va a entender.

Un antiguo filósofo griego afirmó que “en la forma en que está estructurado nuestro lenguaje es la forma en que está estructurado nuestro pensamiento”. En otras palabras: como hablamos es como pensamos, y es importante reflexionar el modo en que nuestro pensamiento nos hace crecer en la vida, percibir nuestro entorno, convivir con quienes están cerca de nosotros, cimentar nuestra creencias, formar fobias y filias, etcétera. Si un hombre se refiere a las mujeres como “viejas”, quizás ya tenemos una sólida referencia de cómo concibe al sector femenino y qué trato ejerce para con ellas. Muchas veces con sólo poner atención en la forma de hablar de una persona podemos saber si nos está mintiendo, quiere obtener algo de nosotros o si es franca y abierta.

Ahora imaginemos la importancia que tiene el uso del lenguaje en un personaje que tiene el poder de tomar un micrófono y llevar su mensaje a un gran número de personas. Un locutor, conductor, periodista, analista, reportero, tiene el poder de influir de alguna manera en nosotros y en la forma como interpretamos algún acontecimiento o concepto. No en balde son llamados “líderes de opinión”. ¿Se acuerdan cuando nuestros papás o tíos decían “...si lo dijo Jacobo es verdad”?. Si estos líderes de opinión ejercen su trabajo con pobreza de palabras, con pobreza de ideas, estando desinformados, siendo ignorantes con buen “rollo”, pues las consecuencias en quienes les creen a pie juntillas son importantes. Los comunicadores radiofónicos debemos hablar tanto para el que sabe como para el que ignora.

En esta sección, trataremos de reflexionar acerca del uso del lenguaje en la radio. Vamos a hacerlo bajo un enfoque útil y sencillo. No queremos ser eruditos o “tira netas”. Deseamos aportar nuestra pequeña letrita de arena al hermoso medio radiofónico.

Dato Cultural: En el mundo somos más de 450 millones de hispanohablantes; en 21 países el Español es el idioma oficial; nuestra lengua ocupa el tercer lugar de hablantes a nivel mundial y el segundo en los Estados Unidos.

Te recomiendo un libro: “La Tienda de Palabras”. Una excelente novela que mezcla enredos casi policiacos con curiosidades y detalles deliciosos de nuestra lengua. El autor es Jesús Marchamalo. Editorial Siruela (sí, así, con “s” porque es un apellido). Lo puedes conseguir en librerías grandes del país.

Si tienes dudas, reclamos, aportaciones o sugerencias, escríbeme: epiprod@yahoo.com

Como Miente la Delincuencia (Publicado en Sept de 2006)

Por Emilio Pineda

Llegaron finalmente las fiestas patrias y todos los temores sobre cómo serían las celebraciones en la ciudad de México, especialmente el Grito de Independencia y el Desfile Militar, se disiparon. Todavía hoy me pregunto si ha valido la pena tanta tensión sobre cómo se enfrentarían el presidente Fox y el candidato perdedor de las pasadas elecciones presidenciales Andrés Manuel López Obrador; todavía hoy me sorprenden los comentarios de algunos comunicadores que señalaban que el presidente estaba en una actitud terca y provocadora al pretender dar el Grito en el Zócalo del Distrito Federal. ¿Qué acaso no tenía que ser así? ¿La terquedad radica en el presidente, cuando la tradición de décadas ha señalado que él es quien encabeza las fiestas de la Independencia? ¿Dónde está la terquedad y la provocación? ¿En quien por ley reside el Poder Ejecutivo y lleva la titularidad de los actos públicos y de gobierno, o en quien dice ser ganador (sin pruebas) de unas elecciones presidenciales, que ha violentado la ley a su antojo y que ahora ha sido nombrado, democráticamente (por sus cuates), presidente legítimo (sic) de México?

Revisemos brevemente un contexto: para muchos de nosotros es muy natural ver que en las noticias de la televisión, de pronto se da alguna nota que habla de un asalto y que los delincuentes han sido atrapados in-fraganti, o sea, con las manos en la masa. Da indignación ver cómo estos sujetos, en el momento que son enfrentados por el reportero, adoptan una actitud dócil y siempre afirman: “no, pues no sé por qué me agarraron… yo nada más iba pasando… yo tengo mi trabajo… yo a esos ni los conozco… nada más estaba viendo y ‘ora dicen que yo fui…” Para nadie es un secreto que un buen abogado, o sujeto con título y dientes muy afilados, aconseja a sus clientes no aceptar ningún cargo y aferrarse a una mentira: yo no fui, yo no fui, y mil veces yo no fui. A sabiendas que la víctima pasa verdaderas penurias en la denuncia del delito, y queda finalmente expuesta a las represalias del agresor, prefiere en muchos casos no meterse en más líos y declina su derecho a acusar. Estos actos arrojan esa triste cifra de 80, 85 ó 90 por ciento de delitos sin castigo. El delincuente lo sabe, el “abogado” lo sabe y por ello es mejor mentir, fingir que nada tenía que ver con los delitos que se imputan y al mentir, mentir, mentir, las pruebas nunca llegan y el sujeto regresa a las calles.

La mentira ha sido tan efectiva, que ya el multicitado propagandista de Hítler, durante la Segunda Guerra Mundial, apelaba al principio que afirma: “una mentira mil veces repetida acaba convirtiéndose en verdad”. Por eso Hítler anunciaba las múltiples victorias del ejército nazi hacia el final de la guerra, porque el pueblo alemán nunca se enteraría de que no les estaba yendo nada bien. ¿Cómo afianzar la mentira? Acercando elementos aparentemente irrefutables. En este caso se presentaba a la sociedad alemana las fotografías de un ejército combatiente y triunfante, aunque no correspondieran a la fecha y al lugar que se le atribuían. Al fin y al cabo nadie iría a averiguar, nadie podría constatar los hechos. Hablando de fotografías ¿has visto, querido lector, las fotos “irrefutables” de OVNIS sobrevolando nuestros cielos, o de fantasmas merodeando nuestras casas y panteones? Lo peor de las mentiras –diría el cantautor español, Joaquín Sabina- es que no parecen mentiras. El delincuente miente de una forma muy convincente, y del mismo modo, de pronto, nos venden medicamentos milagro o hasta modelos de nación milagro.

La mentira debe ir acompañada de un elemento inseparable: el crédulo que tiene fe en lo que se le dice y no se atreve, ni tiene deseos, ni siquiera se le ocurre, cuestionar cuanto se le comunica. El crédulo puede ser, en muchos casos, ignorante, aunque es de sorprender que de pronto encontramos gente de sectores económicamente favorecidos y hasta integrantes de una clase supuestamente intelectual que actúan como los más fervientes seguidores de ideas radicales y hasta contradictorias. ¿Por qué el crédulo cree? Puede ser, como lo señalamos hace un instante, por ignorancia, pero también puede ser por miedo y, lo peor, por conveniencia.

Finalmente me referiré brevemente al mentiroso, el elemento activo y generador de la mentira. Al igual que Hítler, debe ser seguro, seductor, simpático. Debe aludir a elementos que al público resultan familiares y que representan sus más profundas aspiraciones. El mentiroso debe tener talento, sangre fría, cinismo, haber nacido para ello. Y si no nació con la habilidad, prepararse y entrenarse. Y, hay que decirlo, la política tiene en muchos casos, buenos campos de entrenamiento.

En este año 2006, vivimos las elecciones presidenciales más apasionadas, participativas, ciudadanizadas y transparentes en toda la historia de México. Sin embargo, el candidato de una presunta izquierda ahora señala un fraude electoral de dimensiones y procedimientos similares a 1988 o hasta de la década de los setenta. Hay fraude simplemente porque él tenía la firme convicción que ganaría, y si no ganó, seguramente fue porque alguien hizo trampa. Porque lo que pasa en su ciudad capital, lo que pasa en el Zócalo, ocurre en todo México. Su pequeño círculo refleja –según él- la realidad nacional. Vemos también a una horda, pequeña pero muy ruidosa y económicamente poderosa (atención, no me refiero a que sean ricos, sino a que reciben grandes cantidades de dinero para realizar todos sus costosos actos de protesta), corear, con la euforia de integrantes de alguna secta religiosa, todo cuanto su candidato diga. Hoy su candidato dice “blanco” y mañana “negro” y la multitud explota en éxtasis sin ver las contradicciones, sin pedir pruebas, sin constatar hechos. El líder ha hablado y el líder nunca se equivoca. El candidato derrotado dice tener pruebas y advierte que el adversario temblará de miedo al verlas, pero las pruebas nunca llegan. “Me imagino cuántas ofertas de dinero y puestos en el gobierno deben estar recibiendo los magistrados del Tribunal Electoral para consumar el gran fraude”- dice el candidato y la tribu estalla en éxtasis:” ¡Corruptos!”, agraden a los magistrados y escupen sus rostros. ¡Ojo!, nunca dijo el candidato que le constaban estos actos de corrupción o que tuviera pruebas de ello. Con la sola suposición basta, con que el candidato lo imagine es suficiente. El candidato no sólo vomita verdad, es también clarividente. ¿Podemos imaginar un líder con mayor perfección que éste?

Los ciudadanos que hemos votado por otra fórmula no creemos que el candidato ganador sea el redentor de la patria. Confiamos en su propuesta de gobierno y estaremos vigilantes que administre a la nación lo mejor posible y sin corrupción. Supongo que si comete algún error o actúa malintencionadamente, los ciudadanos le reclamaremos y esperaremos que rectifique el rumbo. En cambio, los seguidores del candidato de la aún no definida izquierda mexicana realmente creen que él solo podrá cambiar a México; que si se equivoca no será por errores o malas intenciones propias, sino por complot y estrategias perversas de sus adversarios. Por eso la derrota duele tanto a su grupo, porque no perdió un candidato a las elecciones presidenciales, sino porque un verdadero Mesías combatiente de las fuerzas del mal fue despojado de la única oportunidad que tenía para salvar a nuestro país y llevarnos al paraíso de la “igualdad”. La derrota duele porque las promesas fueron muchas. La derrota duele porque las fantasías sonaron siempre más hermosas que la realidad.

Ahora la estrategia es aferrarse a una mentira tras otra. Hay que decirla insistentemente y con un tono de valentía, seguridad y asumiendo una actitud de Mesías flagelado. Cuando se acusa al adversario hay que mover la cabeza en señal de asentimiento y clavar la mirada en los seguidores para que el convencimiento se vaya reforzando. No tuvo colaboradores cercanos implicados en actos de corrupción, lo que pasó fue que se armó un complot en su contra; tan no conoce a estos colaboradores corruptos, que la esposa de uno de ellos es una diputada que acarrea a un importante sector de gente que acude y llena siempre los actos públicos; tan no los conoce, que la coordinadora de la construcción de los segundos pisos (sin ser ingeniera) y vocera en tiempos difíciles de él mismo y del partido, es la esposa de otro de los implicados en los video escándalos y estratega de la agitación universitaria desde sus más efebos tiempos; el candidato se rasga las vestiduras, le gira la cabeza y hasta expulsa vómito verde cuando le hablan de inversión privada en el sector energético, pero a nadie ofreció explicaciones en el momento que concesionó el “servicio” de grúas en el DF a particulares anónimos, los parquímetros de igual forma o se permite la discrecionalidad en la adjudicación de verificentros.

El candidato esgrime una compleja y creciente mentira bajo argumentos que suenan románticos. Aludiendo conceptos sesenteros seduce a sus hordas con palabras como “igualdad”, “los pobres primero”, “apoyos sociales”, “justicia para todos”, “valores nacionales”, y ataca a sus adversarios con términos como “espurio” (palabra por demás interesante porque para hacerla sonar hay que escupir un poco), “los de arriba”, “entreguistas”, “traidor a la democracia” e “innombrable”. Esta última, por cierto, alude al aparentemente odiado ex presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari, aunque los más cercanos colaboradores del candidato, y en algunos casos hasta amigos entrañables, sean ex colaboradores directos del innombrable como Manuel Camacho Solís, Marjelo… perdón… Marcelo Ebrard, y se le unan hasta viejos enemigos como Arturo Núñez y el dino mayor, Manuel Bartlett.

El candidato “hitleriano” se contradice y rectifica, mete la pata y vuelve a rectificar. La red de mentiras es tan compleja que es probable que ni él mismo se acuerde de todo lo que ha dicho. El tronco ideológico no es la lucha por los pobres o la justicia en México. Es la pobreza y la injusta arbitrariedad lo que le dan vida y sustento. Por eso hay que mentir y seguir mintiendo. Aunque lo agarren con las manos en la masa debe negarlo todo. Su futuro político inmediato depende de ello. Hay que seguir con la fantasía, eso da buenos frutos. Para conservar lo que se tiene hay que seguir mintiendo… como miente la delincuencia.